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El origen de las poblaciones del Valle de Azapa durante el PIT: Una aproximación al concepto de colonias desde la bioantropología

Indice del artículo
El origen de las poblaciones del Valle de Azapa durante el PIT: Una aproximación al concepto de colonias desde la bioantropología
Antecedentes arqueológicos
Antecedentes bioantropológicos
Discusión y análisis de resultados
Conclusión
Anexos
Referencias
Todas las páginas
Autor: Thomas Püschel

Valle de Azapa  El debate sobre al origen de las poblaciones de Azapa durante el período Intermedio Tardío (PIT) presenta básicamente dos posiciones. Por un lado, se encuentran la posición más tradicional de base etnohistórica, de quienes mantienen que es factible sostener  la presencia de colonias o migraciones altiplánicas durante dicho período. Mientras que por el otro, están aquellos investigadores que niegan lo anterior, en base a la ausencia de indicadores arqueológicos que sustenten tal afirmación. Del mismo modo, múltiples investigaciones bioantropologicas han intentado dilucidar el tipo y grado de relaciones entre las poblaciones prehistóricas de los valles occidentales y el altiplano. Por tanto, se presentan los antecedentes arqueológicos relevantes en el debate ya señalado, junto con una discusión bibliográfica sobre los trabajos bioantropológicos que nos puedan ayudar a responder la problemática del origen de los habitantes del valle de Azapa durante el PIT. Se hará especial énfasis en revisar las evidencias que sustentan o descartan la presencia de colonias provenientes de tierras altas.

 


 

Introducción

La decadencia y declive de Tiwanaku en el altiplano boliviano, significó la consecuente disminución de su influencia en las áreas vecinas. Esto ha sido interpretado como el impulso inicial para el surgimiento y desarrollo de otros grupos en las tierras altas. Así, se ha propuesto tradicionalmente y fundamentalmente en base a la etnohistoria,  que en lago Titicaca surgieron diversos grupos (entendidos como señoríos),  como los Lupacas, los Carangas y los Pakajes (Schiappacasse et al. 1989). A su vez, se ha planteado que estas cabeceras altiplánicas extendieron sus redes de dominio e influencia hasta Arica, principalmente en sus sierras. Allí habrían establecido colonias, lo cual sería observable a través de la semejanza en los diseños cerámicos en tradiciones como la Negro sobre Rojo y la Charcollo (Romero 1999). Como bien señala Romero (1999), se ha planteado también una organización similar para lo costa en base a documentos etnohistóricos, sin embargo el debate es esta área ha sido mayor, por lo que aún no se ha podido precisar si esta organización sociopolítica “archipiélagica” se repetía en esta zona y los valles aledaños.  No obstante lo anterior, en general hay consenso en afirmar que durante el Período Intermedio Tardío (PIT), existió una unidad cultural en los valles occidentales denominada como “Cultura Arica”, la cual estaría representada por los tipos cerámicos San Miguel y Gentilar, los cuales a su vez definirán las fases para este período (Daueslberg 1972). La “Cultura Arica” se habría sustentado en una economía agro-pescadora, con una gran densidad poblacional ocupando tanto el litoral como los valles y oasis bajos (Dauelsberg 1972). Se supone tradicionalmente y sustentándose principalmente en la etnohistoria y las tipologías y distribución diferencial cerámica, que para este período hubo un complejo manejo del territorio de Azapa. Se ha formulado que en la sierra o cabeceras de los valles, se ubicarían los grupos “Charcollo” (Santoro et al. 2004). Estos serían supuestamente colonias de origen altiplánico que habitaban en sitios defensivos o pukaras (Romero 1999). Estas construcciones supondrían una presión directa de los grupos altiplánicos sobre las comunidades costeras, configurándose una delimitación territorial, así como un control de los recursos hídricos (Romero 1999). No obstante lo anterior, a medida que la investigación en Azapa y en otros lugares de los valles occidentales ha avanzado, cada vez se ha puesto más en duda esta concepción de colonias altiplánicas. Sumado a esto, los últimos aportes bioantropológicos también han empezado a replantear la existencia de grandes contingentes poblacionales altiplánicos habitando en los valles occidentales.Por tanto, el objetivo que abordara el presente trabajo será el revisar los orígenes de la población de Azapa durante el PIT, para ver si es que hay una continuidad genética en sus habitantes en relación a períodos previos, o si por el contrario existe evidencia para sostener  la presencia de colonias o migraciones altiplánicas. En este sentido, se espera ver si es factible detectar un reemplazo y/o miscegenación poblacional asociada con la aparición de elementos culturales de origen altiplánico en el valle de Azapa.  Siendo una causa probable de lo anterior, grupos de tierras altas que habrían descendido a los valles como consecuencia de la desarticulación de Tiwanaku y la aparición de los denominados señoríos altiplánicos. Para llevar a cabo lo recién mencionado, se realizará en primer lugar una contextualización con los antecedentes arqueológicos, para luego dar paso a una discusión bibliográfica entre las distintas investigaciones bioantropológicas llevadas a cabo en Azapa . Se espera obtener así, una visión más nítida sobre las distintas propuestas acerca del origen de los  habitantes prehistóricos de este valle durante el PIT, para así también revisar que tanto asidero posee la propuesta de colonias altiplánicas. 


Antecedentes arqueológicos 

El Período Intermedio Tardío (PIT) está acotado cronológicamente al momento que va desde el 900 al 1400 d.C. aproximadamente y se caracteriza en el Norte Grande (y en el área andina en general) por encontrarse entre dos horizontes claves en la articulación de los distintos grupos de los Andes Centro Sur; Tiwanaku durante el Período Medio y Tawantinsuyo durante el Período Tardío (Schiappacasse et al. 1989). En este contexto del  declive de la influencia y presencia de elementos Tiwanaku, surge lo que se ha denominado como los Desarrollos Regionales. Dicha denominación enfatiza la creciente diferenciación entre grupos locales, los que a pesar de mantener una continua interacción con grupos del altiplano, del NOA y de la costa sur peruana, poseen materialidades distintivas.  En relación a lo anterior, es importante tener en cuenta que la evaluación arqueológica del PIT en el Norte chileno, se ha vinculado primordialmente con los procesos acontecidos  en la zona de los Andes Centrales o Nucleares, y en especial relación la sub-área Circuntiticaca. Así, el PIT quedaría definido principalmente en base al traslape de las influencias Tiwanaku sobre los grupos y desarrollos de tradición local, y por la incorporación al territorio de nuevos grupos de origen altiplánico. Por tanto, la visión arqueológica tradicional ha interpretado a este período como un momento especial de la prehistoria andina, donde los distintos grupos (entendidos como etnias), establecen diversas formas y dinámicas de interacción, sustentadas supuestamente en una ecocomplementariedad generalizada, que se caracterizaría por una alta movilidad andina mediante mecanismos tales como el caravaneo (Núñez y Dillehay 1978), el establecimiento de ferias, un patrón de asentamiento de núcleo periferia y la fundación de colonias. De este modo y en base a los planteamientos de Murra (1972) sobre el “control vertical de múltiples pisos ecológicos”, habitualmente se ha tendido a entender a las sociedades residentes de las tierras altas circunlacustres, como señoríos o cabeceras altiplánicas con necesidades de explotar diferentes nichos ecológicos, y que por lo cual tuvieron que establecer unidades productivas a distancia para conseguir los recursos que requerían. Estas unidades de producción asentadas en otros pisos ecológicos, han sido usualmente entendidas como colonias, las cuales supuestamente mantenían relaciones y vínculos con su lugar de origen, estableciendo complejos mecanismos de complementariedad y reciprocidad económicas. Así, se establecería un dominio territorial discontinuo a modo de “archipiélagos”, donde las diversas colonias conformarían “islas”, permitiendo el asentamiento simultáneo en un mismo nivel ecológico, de colonias de diversos orígenes o de poblaciones de desarrollo local. De esta manera, han surgido constructos teóricos específicos para el área Centro-Sur Andina, en particular el de Durston e Hidalgo (1997), que apoyan la idea de colonias para los valles occidentales.  Ellos proponen un mecanismo de “verticalidad escalonada”, el cual sería una reformulación del segundo caso de verticalidad de Murra y aplicable a otras situaciones. De acuerdo a este modelo, habría un “primer escalón” de señoríos altiplánicos como los Carangas, quienes habrían accedido a los pisos serranos de Arica mediante colonos e instalaciones coloniales. No obstante, se supone que estas comunidades no habrían accedido a los recursos costeros de la misma forma, sino que más bien de forma indirecta a través del intercambio con los grupos locales (Durston e Hidalgo 1997). Por su parte y en especifico para el PIT en el valle de Azapa, en general se ha entendido a este período como un momento durante el cual, ocurrieron importantes cambios en los modos de vida de las comunidades de la costa, valles y sierras de la vertiente occidental de los Andes (Santoro et al. 2004). Por un lado, en la costa y el valle se ha establecido principalmente en base a diferencias cerámicas y en el ajuar funerario, la existencia de un grupo denominado como “Cultura Arica” (Dauelsberg 1972)  .  Este grupo, ha sido interpretado la mayoría de las veces como un conjunto de comunidades interdependientes, que integraban un sistema político de corte igualitario, al estilo de sociedades tribales con organizaciones sociales segmentadas (Schiappacasse et al. 1989; Santoro et al. 2004). En general, la extensión espacial de estas comunidades se ha situado en la costa, oasis bajos y valles de Lluta, Azapa y Camarones, aunque también se le ha situado con derivaciones en la pampa del Tamarugal y hasta Taltal (Santoro et al. 2001). Se dice que su subsistencia se basaba en los permanentes recursos marinos, y en su habilidad para aprovechar agrícolamente los cursos de agua en  los valles. Es importante destacar, que los componentes cerámicos que caracterizarían  la cultura Arica (San Miguel y Gentilar), presentan distribuciones diferenciales en la costa y el valle. Mientras en la costa se presentan con mayor abundancia, en el interior la situación es más heterogénea compartiendo espacio con componentes cerámicos altiplánicos (Negro sobre Rojo, Charcollo, entre otros) (Santoro et al. 2004). Además, se ha observado que durante el PIT aparecen otros elementos altiplánicos como plumas de flamenco, obsidiana, pigmentos de colores y otros objetos que no estarán señalando redes de interacción con grupos de tierras más altas. Ahora bien, las explicaciones sobre el tipo de relaciones que se generaron van desde relaciones de complementariedad con la sierra y de ahí al altiplano (Santoro et al. 2004), pasando por la introducción gradual de individuos altiplánicos en tierras bajas vía relaciones de parentesco (Rothhammer y Santoro 2001), al establecimiento de colonias dependientes de señoríos altiplánicos (Schiappacasse et al. 1989).Por otro lado, en la sierra de Arica y contemporáneo a la “Cultura Arica”, existió un grupo que ha sido denominado tentativamente por Santoro et al. (2004) como grupo “Charcollo”  , en referencia a una cerámica del mismo nombre, que es escasa en la costa y de decoración simple (Romero 1999). Esta comunidad se caracterizaría por una subsistencia basada en la agricultura intensiva a través de andenerías, canales y otras obras hidráulicas de gran magnitud, en conjunto con prácticas pastoriles y de cacería (Santoro et al. 2004). Por tanto, se ha postulado que el grupo “Charcollo” constituiría una unidad política diferente a la “Cultura Arica”, compuesta por una base cultural de origen altiplánico y que excluiría en su interior a los elementos iconográficos de la costa. Al parecer estos grupos serranos presentaban inclusive una mayor densidad demográfica que los de la costa, lo cual sería observable en el gran tamaño de sus poblados pircados y recintos fortificados o  pukaras en laderas y cumbres. Algunos de sus poblados presentaban estructuras habitacionales y silos de mampostería de piedra (Ej.: Milluni y Belén), o aterrazamientos con grandes muros frontales (Ej.: Chapicollo y Copaquilla). Lo anterior ha sugerido a algunos autores que posiblemente los “Charcollo” presentaban mayores niveles de organización social (más centralizada y jerarquizada), lo que les permitió una mayor expropiación de la fuerza laboral.  Al igual que para la “Cultura Arica”, son múltiples las explicaciones que se han formulado para la interacción  entre los “Charcollo” y las tierras altas, aunque dado el carácter altiplánico de su cerámica, frecuentemente se han sugerido vínculos más estrechos. Para algunos la evidencia es muy fuerte, y los “Charcollo” representarían  casi indudablemente colonias dependientes de centros primarios (Romero 1999), de acuerdo al modelo de verticalidad escalonada de Durston e Hidalgo (1997). Para otros no obstante, aun no queda claro si eran centros secundarios, o si más bien eran unidades independientes que aprovecharon su situación espacial como “puerta andina” a los recursos costeros, en pos de un beneficio propio (Santoro et al. 2001).  A modo de síntesis, es factible plantear que el debate se ha centrado en si existe evidencia arqueológica que se sustente a los documentos etnohistóricos, los cuales nos apuntan sobre la existencia de colonias altiplánicas. A su vez, la otra arista de este debate gira en torno al espacio geográfico que habrían ocupado dichas colonias, debido a que según algunos habrían ocupado tan sólo la sierra, mientras que otros afirman la posibilidad no menor de la presencia de colonias en los valles bajos o inclusive en la costa. Sin embargo, para validar cualquier suposición etnohistórica, sería esperable encontrar evidencias materiales que las sustenten. Por ejemplo, si el modelo de “verticalidad escalonada” fuese cierto, sería lógico hallar “centros secundarios” en la sierra, que compartiesen características arquitectónicas con los “centros primarios” del altiplano. A su vez se esperaría encontrar bienes muebles como cerámica de indudable estilo y manufactura altiplánica, entre otras materialidades factibles de existir en una colonia.  Hasta ahora y según lo que he revisado, las evidencias descartan la presencia de colonias provenientes de tierras altas en la costa o en el valle de Azapa durante el PIT (Romero 1999). No obstante, se debe señalar que el panorama durante este período es heterogéneo; por un lado existe una unidad cultural distintiva en costa y valle: la “Cultura Arica”, y por otro, en la sierra se configura una unidad distinta denominada como “Charcollo”, que tendría vínculos más cercanos con el altiplano (Santoro et al. 2001). Lo recién mencionado no es una novedad, pues se ha notado que ya desde el Período Medio en la zona de Azapa conviven tanto una tradición de valles occidentales, como una altiplánica. Esto sería observable en distintas materialidades entre las que destacan las cerámicas y los textiles (Espoueys et al. 1995; Uribe 1999; Agüero 2000). El registro arqueológico nos señala también que existieron interacciones entre estas dos unidades, por lo menos de intercambio de cultura material, ya que hay diferentes contextos donde conviven materialidades de una u otra unidad. Empero esto no es equivalente a hablar de intercambio genético ni menos de colonias. Ahora bien,  en el caso de la sierra la situación no es tan clara, pues los elementos presentes en dichos espacios presentan un fuerte componente altiplánico, pero no lo suficiente para constituirse indudablemente como colonias. Por tanto, considero relevante remitir a otra clase de indicadores que me permiten dar cuenta del origen de las poblaciones de Azapa durante el PIT, para así poder intentar establecer si es que hay elementos que permitan afirmar la presencia o no de colonias.  Entre los indicadores que considero más adecuados para dar cuenta de lo anterior, se encuentran las herramientas que nos entrega la bioantropología, debido a que esta posee la capacidad de establecer la filiación biológica de los restos humanos mediante diversos métodos (índices cráneometricos, morfometría geométrica, ADN mitocondrial antiguo, entre otros.) Por lo cual,  si es que hubiesen habido colonias sería esperable encontrar un contingente poblacional con características eminentemente altiplánicas. Por otro lado, si es solo hubiese un intercambio genético menor se esperarían encontrar individuos con características compartidas. Finalmente si no hubiese habido intercambio genético, sería factible encontrar una continuidad genética desde períodos previos.


Antecedentes bioantropológicos

La situación del valle de Azapa contrasta notablemente con el resto de nuestro país, en relación a la cantidad de investigaciones bioantropológicas realizadas. Mientras en la mayoría del territorio nacional este tipo de investigaciones no son muy numerosas y sólo a partir de los últimos años han aumentado,  en esta zona se han realizado múltiples investigaciones en esta disciplina.  La mayoría de ellas enfocadas en las temáticas sobre el origen de los habitantes de los valles occidentales, y su continuidad o cambio a través del tiempo. En general se observa una gran variedad de metodologías y estudios poblacionales (basados en rasgos métricos, no métricos y de ADN mitocondrial antiguo), que utilizando diversos métodos estadísticos, llegan a resultados bastante disimiles. Como veremos posteriormente en la discusión, en general se argumentan dichas diferencias en base a la utilización de metodologías diferentes, junto con el uso de muestras diferenciales provenientes de diferentes contextos. A pesar de esto, personalmente creo que es posible vislumbrar un panorama común, pudiéndose generar un acercamiento de posiciones entre quienes postulaban grandes movimientos migratorios altiplánicos durante el PIT, y entre quienes abogaban por la continuidad genética en Azapa. Por tanto, en este apartado realizaré una revisión general de algunos trabajos que abordan la temática del origen de las poblaciones del valle Azapa, centrándome en las publicaciones que investigan directamente el tema.Uno de los primeros trabajos que intentó analizar las relaciones de parentesco y afinidad biológica entre los antiguos habitantes de Azapa, fue el de Rothhammer et al. (1982). En dicha investigación y utilizando datos cráneometricos provenientes de antiguos restos humanos, se afirmó –creo yo apresuradamente-, que al parecer la causa más probable de la disminución del parentesco  en el valle de Azapa a través de los siglos, fue una migración a gran escala proveniente del altiplano. Más aún, en dicha publicación se afirmó que dicha migración de colonos altiplánicos fue la responsable del cambio genético y cultural acontecido en el Azapa prehistórico, apoyando de este modo las tesis arqueológicas coloniales. En contraposición a estos primeros resultados y más de 10 años después, Sutter  (1994) presentó en XIII Congreso Nacional de Arqueología Chilena sus resultados preliminares de rasgos patológicos y fenotípicos dentales, en pos de probar la existencia de grupos étnicos en los valles occidentales durante el Período Medio y el PIT. Estudiando más de 600 restos óseos y momificados, y comparando rasgos no métricos, llegó a la conclusión de que en Moquegua hubo población altiplánica, que migró allí tras el declive de Tiwanaku. No obstante esto, la situación en Azapa era diametralmente diferente. En este valle, Sutter postulaba una continuidad biocultural en la costa, al mismo tiempo que afirmaba que las poblaciones del interior eran diferentes a estas del litoral. Como opinión personal, creo que las interpretaciones que Sutter realiza a partir de su investigación, nacieron como una respuesta al énfasis excesivo en los modelos de verticalidad que se postulaban desde la arqueología. Al concluir que en la costa de Azapa existió una continuidad biocultural, intentaba desmarcarse de las clásicas explicaciones para las relaciones económicas, sociales y biológicas durante el PIT, que remitían muy fácilmente a la existencia de colonias. Un trabajo más recientes es el de Cocilovo et al. (2001), quien estudió las relaciones de afinidad biológica entre los grupos de la costa, y los del interior del valle de Azapa, abarcando un rango cronológico que incluyó a todos los períodos de la prehistoria del Norte Grande (Arcaico Tardío, Intermedio Temprano, Medio, Intermedio Tardío y Tardío), mediante una muestra de 245 cráneos. En esta investigación, los autores utilizaron una serie de mediciones cráneometricas (caracteres continuos), para luego aplicar una serie de de técnicas de análisis multivariado (análisis discriminante canónico, distancias biológicas, y técnicas de agrupamientos), evaluando de este modo las afinidades biológicas entre los distintos períodos. A partir primero de un análisis univariado, se pudieron establecer la existencia de varias características morfométricas significativamente diferentes en cada sub-muestra, las cuales fueron establecidas a partir de criterios temporales y espaciales. De este manera, se pudo observar que a grandes rasgos, los individuos que habitaban la costa poseían caras y narices más bajas, cráneos más altos y largos, una base del triangulo facial más larga, orbitas más pequeñas y la región maxilo-alveolar  de dimensiones más reducidas, en comparación con los habitantes de los valles. A su vez se pudo establecer también a través de los resultados, que existía -como señale recién- una evidente diferenciación morfológica entre los grupos costeros y los del interior. Se observa una mayor continuidad morfológica en la costa, mientras que en el interior a finales del Arcaico tardío y comienzos del Formativo, se evidencia un creciente cambio morfológico que los autores atribuyen a cabios genéticos, provocados por migraciones poblacionales. Esta diferenciación entre valle y costa se mantiene durante todo el registro, aunque la magnitud de la misma varía de período en período. Los autores concluyen que ambos grupos poseerían un ancestro común, pero que a partir de la introducción de migrantes en el valle, empiezan a diferenciarse.En una investigación posterior, Varela y Cocilovo (2002) vuelven a investigar sobre los procesos microevolutivos acontecidos en las poblaciones prehistóricas del valle y costa de Azapa, utilizando herramientas teórico-metodológicas derivadas de la genética cuantitativa. Esta vez utilizan una muestra de 237 cráneos abarcando el mismo rango temporal. No obstante, esta vez utilizaron sólo 6 variables métricas, pero transformándolas para eliminar el componente ambiental, y para incrementar la proporción de varianza genética.  Los resultados de este estudio, muestran que a lo largo del Arcaico, las comunidades de la costa y de los valles muestran una reducida diferenciación, lo que sería reflejo de una vinculación ancestral y/o relaciones de parentesco frecuentes. Sin embargo, a partir del Intermedio Temprano, los habitantes de valle comienzan a expresar una marcada diferenciación en relación a los individuos que estaban habitando el litoral. Este aumento de la varianza sugiere un flujo de genes extra regional mayor del esperado, por lo que es probable que durante este período existieran procesos de migración  y una baja endogamia. Para el período que me importa – el PIT-, se distingue un patrón diferente. Sus análisis revelan que durante aquel momento, hubo un aumento en la endogamia y una mayor aislación genética que en otros períodos. Esto entraría en abierta contradicción con las propuestas arqueológicas que sostienen que tras la caída de Tiwanaku, arribaron nuevas poblaciones del altiplano a Azapa, iniciándose así el período de los desarrollos regionales (Schiappacasse et al 1989). A pesar de esto, se observa eso sí una marcada y profunda diferenciación entre las poblaciones costeras y las del valle en este período, probablemente a través del aislamiento reproductivo. Esta afirmación vendría a apoyar la evidencia de que durante el PIT en Azapa, existían al menos dos unidades culturales: la “Cultura Arica” y “Charcollo” (Santoro et al. 2001). Además se sostiene que la diferenciación existente entre ambas regiones de Azapa, se deben primariamente al flujo génico que experimento el valle durante el período Intermedio Temprano y durante el Medio. En resumen, se puede afirmar que este trabajo apoya las hipótesis de diferenciación entre valle y costa, a la vez que contradice a las hipótesis de migraciones altiplánicas masivas. No obstante esto, si pudo haber migraciones a pequeña escala, situación que los autores advierten.Otro estudio del mismo año, y que trabajaba una temática similar es el de Rothhammer et al. (2002). Estos investigadores realizaron un análisis de distancias genéticas en base a mediciones de caracteres craneales continuos, provenientes de restos humanos de distintos fases de la prehistoria ariqueña, e incluyeron un cráneo Tiwanaku para realizar comparaciones. En resumen se puede decir que acompañando a la evolución cultural visible a través de los cambios de fases, se dio un proceso de diferenciación cráneofacial, y que las distancias menores se daban entre fases cronológicamente contiguas. A pesar de que la utilización de tan solo una muestra Tiwanaku para comparar, confiere a los resultados un carácter altamente incierto, estos son bastante sugerentes. De hecho, los investigadores sostienen que las distancias no significativas con Tiwanaku se dan durante Alto Ramírez y San Miguel, lo cual estaría evidenciando un flujo génico intermitente desde el altiplano durante estas fases. Los autores llegan a esa conclusión debido a que las otras dos posibles causas de la diferenciación cráneofacial en el valle de Azapa (un cuello de botella genético, o un incremento en las tasas de mutación), son improbables. Otra investigación que también intento aportar más datos a la temática del origen y de la continuidad o cambio de las poblaciones del valle de Azapa, es el trabajo de Sutter y Mertz (2004). En esta investigación se calcularon distancias genéticas mediante la utilización de la presencia o ausencia de rasgos discretos o no métricos. Se pretendía intentar resolver si es que realmente hubo migraciones altiplánicas de gran escala al valle de Azapa. Los resultados que entrego este trabajo generaron una polémica, debido a que se encontró que ninguna de las distancias genéticas entre las distintas fases era significativa, y que por tanto no había evidencia para sugerir ni flujo génico a gran escala, ni menos colonias. De hecho, los autores afirmaron que en el valle de Azapa se dio un proceso de continuidad genética, que no fue alterado en el PIT, contradiciendo de plano a la hipótesis de migraciones de tierras altas. Los resultados además entregaron que hubo endogamia tanto al interior como en la costa, a través del tiempo. Vale decir que al parecer hubo aislamiento reproductivo entre valle y costa, lo cual apoyaría también el postulado de la existencia de dos grupos; uno del interior y otro costero. Por su parte Moraga et al. (2005), intentan también reconstruir el proceso microevolutivo acontecido en las poblaciones andinas del norte de Chile. Para llevar a cabo esto analizan ADN mitocondrial (ADNmt) antiguo, proveniente de una muestra de 83 individuos de los valles de Camarones, Lluta y Azapa. El rango cronológico de la muestra abarcaba desde el arcaico hasta el tardío.   Se buscaba establecer mediante indicadores moleculares, si es que los resultados logrados por Rothhammer et al. (2002), de que la diferenciación genética fue a la par del cambio cultural, eran ciertos o no. Al comparar las frecuencias de haplogrupos presentes en la muestra de ADNmt antiguo, notaron que su distribución no difería notablemente entre períodos culturales adyacentes. Eso sí, se advertía que durante un intervalo de 3900 años se dio un proceso microevolutivo en la frecuencias de ADNmt, especialmente durante el Período Medio y PIT. Los autores sostenían que estas tasas más altas de microevolución se asociarían con una migración de largo alcance proveniente desde el altiplano, lo que desde una perspectiva arqueológica, apoyaría la idea de que estos períodos fueron momentos culturales dinámicos caracterizados por interacciones significativas entre las tierras altas y los valles occidentales, provocando importantes cambios sociales. Sin embargo, aún no queda claro cuáles fueron los grupos altiplánicos que ejercieron su influencia en los valles, y ni tampoco la magnitud de su influjo. En otra investigación Sutter (2006), analiza distancias biológicas obtenidas de rasgos no-métricos dentales extraídos de 11 muestras mortuorias. Él intentó poner a prueba tres modelos que explican las dinámicas poblacionales prehistóricas en el valle de Azapa, mediante análisis de correlación de matrices hipotéticas. Los modelos en competencia eran: (1) la colonización durante el período Medio por  Tiwanaku, (2) flujo genético a través del tiempo, (3) y un modelo de flujo génico donde los grupos costeros muestran continuidad, mientras que las poblaciones del valle divergen debido al flujo genético que reciben desde el altiplano. Los resultados obtenidos de su análisis de biodistancias indican que durante todos los períodos la muestra Tiwanaku presenta distancias significativas con cinco de las nueve muestras del valle de Azapa, y  por distancias grandes pero no significativas con las demás muestras. Exceptuando la muestra Gentilar del desarrollo regional tardío de Azapa-8 que presenta una biodistancia relativamente pequeña, pero que de todos modos no sugiere necesariamente una relación directa entre las dos muestras. Por tanto, al autor le parece infundada  la hipótesis de una migración a gran escala. Sutter sostiene que sus resultados sugieren una gradual convergencia a través del tiempo entre las poblaciones del valle con Tiwanaku, lo cual es consistente con un flujo génico leve o moderado,  más que con una gran colonización proveniente del altiplano. Por otro lado, las poblaciones costeras aparentan haber mantenido un grado de continuidad genética a través del tiempo desde las poblaciones Chinchorro. En definitiva su análisis se inclina por el tercer modelo, donde hay  flujo génico leve del altiplano a las comunidades del valle, las cuales empiezan divergir de los grupos costeros, quienes a su vez presentan una continuidad biológica a través del tiempo. Aunque su investigación no niega de plano la posibilidad de colonos altiplánicos, la desestima severamente debido a que sus análisis indican que el flujo génico fue muy bajo. Finalmente, el último trabajo que revise fue el de Manríquez et al. (2006). Ellos se proponen conocer el patrón de variación de la forma craneana (causada por la práctica de la deformación artificial) de muestras representativas de las poblaciones prehispánicas de Arica, aplicando las herramientas de la morfometría geométrica y mediante la utilización de de caracteres métricos. A pesar de que su investigación se centra más en conocer las consecuencias de la deformación artificial del cráneo, su análisis de todos modos posee implicancia para la temática abordada en el presente trabajo. Su análisis muestra que las únicas diferencias de la variación de la forma craneana estadísticamente significativas ocurrieron entre las muestras arqueológicas y contemporáneas. Por su parte al interior de la muestra de cráneos arqueológicos, las diferencias se debieron al tipo de deformación aplicada y al tamaño del centroide (centro geométrico de las coordenadas de hitos de cada espécimen), sin importar el período o fase cultural a la cual los restos pertenecían. Así, los resultados obtenidos en esta investigación nos señalan una continuidad temporal en la morfología craneana general de las poblaciones prehispánicas de Arica, como también la ausencia de diferencias significativas entre las distintas fases, o la ubicación geográfica. Esto sugeriría flujo génico entre los habitantes de los valles y los del litoral durante un largo período de tiempo, situación que como hemos visto es confirmada para los primeros períodos de la prehistoria ariqueña como el Arcaico (Sutter y Mertz 2004). En relación al PIT, los autores sostienen que es en dicho período cuando la práctica de la deformación craneana  aumenta considerablemente, tanto en número como el grado de intensidad. Los autores relacionan lo anterior con el aumento en la diversidad étnica en las costas y valles de Arica, lo que habría generado una masificación de la practica de la deformación artificial, tal vez como símbolo de identidad y filiación étnica.


Discusión y análisis de resultados 

En base tanto a los antecedentes arqueológicos y bioantropológicos aquí presentados, es posible notar que fundamentalmente existen dos posiciones acerca del origen de las poblaciones del valle de Azapa durante el PIT. Por un lado, se encuentran la posición más tradicional de quienes mantienen que es factible sostener  la presencia de colonias o migraciones altiplánicas durante dicho período. Mientras que por el otro lado, se encuentran quienes afirman la imposibilidad de sustentar aquella hipótesis, debido a que no hay evidencia arqueológica que la sostenga. No obstante, sin importar qué posición o postura adopten los investigadores, todos coinciden en  la existencia de contactos y relaciones entre las poblaciones del valle de Azapa y las de tierras altas. Más bien lo que está en discusión es el carácter específico y particular de dicha interacción, junto con  la magnitud biocultural de la influencia altiplánica.  Se ha propuesto que probablemente fue en el formativo cuando se iniciaron  las influencias altiplánicas en los valles occidentales (Muñoz 1989) y es precisamente en este fenómeno que la mayor parte de las investigaciones bioantropológicas coinciden.  En este sentido, el trabajo de Sutter (2006), apoyaría lo anterior debido a que sus resultados apuntan a que las poblaciones Alto Ramírez poseerían un vínculo ancestral con Chinchorro, pero que  durante el formativo comenzaron a recibir un ligero aporte genético, seguramente altiplánico. Del mismo modo diversas publicaciones  (Cocilovo et al.  2001;  Varela y Cocilovo 2002; Rothhammer et al. 2002), señalan también que fue a fines del arcaico y/o comienzos del formativo, cuando empezó a producir el flujo génico proveniente de la tierras altas, generándose a si una diferenciación entre valle y costa. De hecho, Rothhammer et al. (2002) indica directamente a la fase Alto Ramirez, como uno de los períodos con mayor exogamia.  A pesar de esta coincidencia en los resultados iniciales, cuando estos autores tratan los temas del Período Medio y el PIT surgen notorias diferencias e inclusive contradictorias conclusiones. Tal como revisamos, las investigaciones bioantropológicas se inclinan en dos polos que claramente son reflejos de los modelos arqueológicos subyacentes. Algunos autores (Rothhammer et al. 1982; Cocilovo et al 2001; Varela y Cocilovo 2002; Rothhammer et al. 2002; Moraga et al.2005), afirman que realmente hubo migraciones a gran escala durante el PIT, las cuales generaron miscegenación o mestizaje biogenético en las poblaciones del valle de Azapa. Sin embargo, otros investigadores (Sutter 1994; Sutter y Mertz 2004; Sutter 2006), opinan lo opuesto argumentando que el intercambio genético fue menor, prevaleciendo la continuidad biológica durante todos los períodos. Vale decir, que se sostiene una casi completa ausencia de variación desde el Arcaico hasta el PIT en el valle de Azapa, en clara contraposición a las otras investigaciones que sostienen un importante proceso microevolutivo.  Personalmente opino que las discrepancias en los resultados y las consecuentes diferencias en las conclusiones entre estas investigaciones, pueden deberse principalmente a las distintas metodologías utilizadas, la composición de la muestra, la naturaleza de las variables y a los modelos teóricos que utiliza cada investigador. Entonces siguiendo esta lista de diferencias y revisando las publicaciones bioantropológicas ya mencionadas, tenemos que en primer lugar hay variedad en las  metodologías empleadas. Se ha utilizado cráneometria (Rothhammer et al. 1982; Sutter 1994; Cocilovo et al 2001; Varela y Cocilovo 2002; Rothhammer et al. 2002; Sutter y Mertz 2004; Sutter 2006), morfometría geométrica (Manríquez et al.; 2006) y ADNmt antiguo (Moraga et al. 2005). Estas diferentes metodologías no explican del todo el porqué de la mayoría de las discrepancias en los resultados, aunque de todos modos explican algunas de estas discordancias. Por ejemplo, Manríquez et al. (2006) nos señalan que tal vez la razón de las discrepancias en sus resultados en relación a trabajos como los de Cocilovo et al. (2001), pueden deberse a la utilización por parte de estos últimos de estimadores lineales del tamaño, los cuales por su naturaleza unidimensional no permiten la separación de los componentes del tamaño y la forma (mientras que la morfometría geométrica si otorga la posibilidad de realizar tal partición debido a la naturaleza multidimensional de sus datos primarios). Por tanto en los análisis de Cocilovo et al. (2001) un porcentaje no menor de la diferencias en la forma que servirían para calcular las distancias genéticas, estarán obscurecidas por el tamaño lo cual entorpecería la posibilidad de ver afinidades genéticas.  Por otro lado, vemos también que hay notorias diferencias en la composición de la muestra. En las distintas publicaciones varían tanto el número como el origen de los restos analizados, lo que dificulta una correcta comparación de los resultados, puesto que los sitios analizados son distintos y por lo tanto los materiales de allí obtenidos no son homólogos. A su vez, en los trabajos de Rothhammer et al. (1982; 2002), se utilizan mediciones de cráneos deformados las cuales pueden distorsionar obviamente los resultados, además de ir en contra de la práctica habitual que sería excluir las mediciones afectadas por la deformación artificial. Sumado a lo anterior, existen diferencias también en la naturaleza de las variables pues en unas investigaciones se usan variables continuas o métricas (Rothhammer et al. 1982; Cocilovo et al 2001; Varela y Cocilovo 2002; Rothhammer et al. 2002), mientras que otras utilizan variables discretas o no métricas (Sutter 1994; Sutter y Mertz 2004; Sutter 2006), lo cual podría estar causando las diferencias en los resultados. Finalmente cabe señalar al respecto de los modelos teóricos subyacentes a los planteamientos de los autores, que es fácilmente visible que unos (Rothhammer et al. 1982; Rothhammer et al. 2002; Moraga et al.2005) se encuentran más influenciados por los planteamientos de Murra sobre la “verticalidad”. Como expuse previamente, este modelo sugiere que muchos de los cambios culturales pre-incaicos acontecidos en valles como el de Azapa, fueron producto del arribo de colonos altiplánicos. Consecuentemente con lo anterior, estos investigadores han explicado sus resultados de biodistancias cráneometricas y genético-moleculares, en base a una migración proveniente del altiplano. Es importante notar que este evento migratorio no ha sido visto tan sólo como flujo génico, sino que como el arribo de contingentes poblacionales del altiplano que habrían generado los cambios bioculturales en el valle de Azapa (Rothhammer et al. 1982). No obstante esto, en general las publicaciones más recientes han tendido a moderar esta postura sugiriéndose más bien una miscegenación o flujo génico intermitente entre migrantes altiplánicos y los habitantes vallunos de Azapa (Rothhammer et al. 2002).  


Conclusión 

Ahora bien, qué nos dice toda esta evidencia en relación al problema del origen de los habitantes del valle de Azapa durante el PIT y sobre la existencia o no de colonias altiplánicas. En relación a la problemática del origen y a modo de síntesis creo que es factible decir que las poblaciones del valle de Azapa durante el PIT, poseen una “etnogénesis”  mixta. Por una parte, casi todas las publicaciones aquí revisadas, coinciden en que es indudable que el valle de Azapa recibió flujo génico extra-regional probablemente altiplánico durante el PIT (flujo que probablemente se inicio a finales del Arcaico y/o comienzos del Formativo). Lo que se discute ahora es más bien la magnitud de dicho intercambio genético, pues para algunos fue muy acentuado mientras que para otros fue mucho más leve. A su vez las investigaciones coinciden también en que las comunidades costeras presentaron un mayor aislamiento reproductivo que las del valle, las cuales presentaron en general un flujo génico gradual con las tierras altas (Cocilovo et al. 2001; Rothhammer et al. 2002; Sutter 2006). Aunque no sabemos la magnitud ni influencia de esta miscegenación, en base a los resultados aquí expuestos resulta hasta el momento más coherente postular un flujo génico menor o intermitente, que la llegada masiva de población de tierras altas. De hecho, en ningún estudio se señala haber encontrado individuos iguales o extremadamente semejantes con población altiplánica, sino que como revise  se observa más bien un flujo génico leve en la zona de los valles. Si relacionamos esto con la evidencia arqueológica, coincidiría con los modelos que proponen una variabilidad en las comunidades del PIT.  Al menos dos unidades genéticas (costa e interior) estarían habitando Azapa,  lo que al parecer también estaría en el registro arqueológico representado en la “Cultura Arica” y en lo que tentativamente se ha denominado como grupo “Charcollo” (Santoro et al. 2001). En relación a la temática de la existencia o no de colonias altiplánicas en Azapa, la evidencia bioantropológica nos sugiere que contrariamente a lo sugerido por la etnohistoria, no hay un sustento claro para afirmar la presencia de grandes contingentes poblacionales altiplánicos durante el PIT en el valle. Aunque las primeras investigaciones (Rothhammer et al. 1982) apoyaron inicialmente la posibilidad de colonos migrando y habitando Azapa, el estado actual de la investigación nos propone más bien un modelo de flujo génico a menor escala sin grandes movimientos poblacionales. En este sentido, si entendemos por colonia a una especie de unidad administrativa y/o productiva bajo el control de otra entidad geográficamente distante (en este caso un señorío altiplánico), creo yo que no hay evidencia bioantropológica que sustente su presencia. Como señale anteriormente, de haber colonias se esperaría encontrar un contingente poblacional con características eminentemente altiplánicas. Sin embargo, lo que se observa es más bien una continuidad biológica en la costa sumado a una cultura material con características notoriamente locales, lo que descarta de plano el arribo de colonos. Por su parte para la sierra frecuentemente se han postulado modelos coloniales (Durston e Hidalgo 1997), en base a un registro arqueológico diferente al de la costa y estilísticamente más cercano al altiplánico. No obstante esto, para hablar de colonias se esperaría una cultura material extremadamente parecida a la de su centro de origen, debido a que la colonia estaría constituida por un “fragmento” de dicho lugar. Por tanto sería esperable que los individuos que allí habitasen, reprodujesen las patrones culturales de su centro de origen, en vez de inmediatamente inventar unos nuevos. Lo anterior se hace aun más evidente, si es que pensamos que al configurarse como colonias estarán constantemente relacionándose económico-socialmente con su lugar de origen. Por su parte, la evidencia bioantropológica nos señale que para estas zonas si hay evidencia de flujo génico intermitente, lo que obviamente no es equivalente a una colonia. Por tanto, tal vez sería mejor pensar a las habitantes de la sierra como una sociedad agro-pastoril con movilidad hacia las tierras altas donde interactuaban con los grupos altiplánicos, los cuales a su vez también descendían a la sierra. Si se estructuró una dinámica así es algo para evaluar futuro, pero si es que hubiese ocurrido sería factible que los grupos serranos hubiesen establecido a la larga algunos vínculos de parentesco con algunos habitantes de la puna, generándose el consecuente intercambio genético. Finalmente es posible decir que solo un estudio continuo y  sistemático de esta temática nos podrá ayudar a dilucidar el origen de la población de Azapa durante el PIT y se es que hubieron o no colonias provenientes del altiplano. En este sentido se hace fundamental una investigación multidisciplinaria que auné los aportes de la arqueología y la bioantropología en pos de una construcción más enriquecedora de la prehistoria. De este modo, se pretende superar a los modelos arqueológicos que apriorísticamente establecieron la presencia de colonias y señoríos altiplánicos, sin ninguna contrastación factual.


Anexos

A) Referente a los valles occidentales Dauelsberg (1972) nos señala en su periodificación que para esta sub-área y al igual que en las otras zonas del Norte Grande chileno, existió un período llamado de Desarrollo Local o Regional, entre el Horizonte Tardío o Incaico y el Horizonte Tiahuanaco. Para este período en Arica, se caracterizan dos fases definidas primordialmente por su cerámica y en menor medida por la variación de los contextos funerarios. Estas fases serían según Dauelsberg (1972) :

a) San Miguel (circa 1000 DC): Estaría mayormente representadas en los valles de Ilo, Lluta, Camarones, y principalmente en el valle de Azapa. Algunos sitios donde se encuentra presente esta fase son 1) en el Valle: az-8, az-7, az-71, az-79  y 2) en la costa plm-3. La cerámica que especifica a esta fase se postula inicialmente como una continuidad de la fase Maytas, aunque después adquiriría un estilo propio, caracterizado por una decoración  en motivos geométricos de color negro o rojo y negro aplicados sobre una superficie engobada de color blanco mate (Espoueys et al. 1995). Sus diseños más frecuentes consisten en volutas entrelazadas, líneas onduladas y rombos concéntricos. Por su parte, la decoración se agrupa generalmente en paneles que establecen pares opuestos con oposición del color. Las principales formas de esta fase son grandes de cuerpo globular, con cuello cilíndrico, asas planas verticales y base plana.  También son bastante frecuentes los cantaros de una o dos asas, los keros con figurillas modelas en el borde, jarros antropomorfos y zoomorfos  y pequeñas piezas miniaturas (Schiappacasse et al. 1989).

b) Gentilar (circa 1300 DC): Por su parte, esta fase se encontraría presente desde Arequipa (Perú), hasta Taltal, y por la ubicación de sus sitios, tendría un énfasis más costero. Un sitio costero donde se observa la presencia de artículos de esta fase es plm-3, mientras que az-8 sería el ejemplo de uno ubicado en el valle. Generalmente se señala que la cerámica que define a esta fase, es más fina y elaborada que la San Miguel (Schiappacasse et al. 1989). Sus formas más características  serían jarros de agua con cuello divergente y en embudo, los cantaros con cuerpo chato y los keros con figuras zoomorfas decorando sus bordes (Dauelsberg 1972; Schiappacasse et al. 1989). La decoración utiliza colores negro, blanco y rojo, que se disponen sobre una superficie alisada de color rojo o del color natural del ceramio. Este tipo cerámico es rico y recargado en motivos curvilíneos, líneas dentadas o con espirales y ganchos. Son relativamente comunes las cruces, los círculos y los motivos antropomorfos y zoomorfos. Es usual también que la decoración se divida en campos bipartitos. Se señala también que La pasta usada en esta cerámica es alisada y su cocción está hecha en ambiente oxidante (Dauelsberg 1972).Es importante señalar que para Dauelsberg (1972), existe un tercer tipo cerámico para este período denominado Pocoma. Según el autor recién nombrado, estos ceramios constituyen  un tipo estilísticamente transicional entre San miguel y Gentilar. La decoración se sitúa en paneles de fondo rojo o anaranjado, y la superficie de las piezas es pulimentada. Los motivos en color rojo y negro suelen estar separados por franjas verticales ornamentadas, y disponerse agrupados en un círculo central (Schiappacasse et. al. 1989). Considero relevante a su vez y a modo de opinión personal, señalar que las descripciones cerámicas de Dauelsberg son escuetas, probablemente por su énfasis cronológico. Lo anterior se debe tal vez, a que su afán no era simplemente describir la cerámica, sino que establecer una periodificación para todo la prehistoria alfarera de Arica.

B) El estilo serrano estaría compuesto principalmente por la cerámica Charcollo, estilo que se caracterizará por manchas y líneas de color rojo, sobre una superficie de color café natural, presentando usualmente una decoración poco elaborada (Romero 1999; Santoro et al. 2001). Su presencia es baja en los valles, pero aumenta en considerablemente en la sierra. Por su parte, se define también a otro tipo cerámico presente en la sierra, que generalmente ha sido asociado a población altiplánica de origen circunlacustre como los Pakejes o los Carangas. La tradición más representativa sería la Negro sobre Rojo, compuesta principalmente por el estilo Chilpe y otros patrones iconográficos bicromos de líneas negras sobre un engobe o un fondo rojo-café natural (Schiappacasse et. al. 1989).


Referencias 

Agüero,C. 2000 Las Tradiciones de Tierras Altas y de Valles Occidentales  en la Textilería Arqueológica del valle de Azapa. Chungará  v.32 n.2.  

Cocilovo, J. A., H. H. Varela, O. Espoueys y V. Standen. 2001, El Proceso Microevolutivo de la Población Nativa Antigua de Arica. Chungará, Vol. 33, no.  

Dauelsberg, P. 1972 Arqueología del departamento. En: Enciclopedia de Arica, pp. 161-178. Editorial de Enciclopedias Regionales Ltda., Santiago. Re-edición digital: www.uta.cl/masma (2001). Digitalización y edición de Álvaro Romero.  Durston, A. y J.

Hidalgo, 1978 La Presencia Andina en los Valles de Arica, siglos XVI–XVIIII: Casos de Regeneración Colonial de Estructuras Archipielágicas. Chungara 29(2): 249–273. 

Espoueys, O., Schiappacasse, V., Berenguer J. y M. Uribe, 1995 En torno al surgimiento de la Cultura Arica. Actas del XIII Congreso Nacional de Arqueología Chilena Tomo I: 171-185. Universidad de Antofagasta, Antofagasta.  

Núñez, L. y Dillehay, T. 1978 Movilidad Giratoria, Armonía social y Desarrollo en los Andes Meridionales: Patrones de Tráfico e Interacción Económica (Ensayo). Universidad del Norte, Antofagasta. 

Manríquez, G., F. E. González-Bergás, J. C. Salinas y O. Espoueys. 2006 Deformación Intencional del Cráneo en Poblaciones Arqueológicas de Arica, Chile: Análisis Preliminar de Morfometría  Geométrica con uso de Radiografías Craneofaciales. Chungará, Vol. 38, Nº 1, P. 13-34  

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Murra, J. 1972 El Control Vertical de un Máximo de Pisos Ecológicos en la Economía de las Sociedades Andinas. En: Visita de la Provincia de León de Huánuco en 1562, J. Murra (ed.), pp. 427-476. Huánuco: Universidad Nacional Hermilio Valdizán 

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Comentarios  

 
#3 07-09-2010 18:10
Hey muy interesante el tema, hay muchos aspectos discutibles en torno a qué ocurrio en esta zona durante el PIT y qué relación hay con el período Medio, ya que se menciona constantemente la importancia que tuvo la influencia Tiwanaku...pero ésta al parecer en Arica habría sido de carácter indirecto y nunca tan fuerte como lo que ocurrio en Perú. Qué pasa en el PIT entonces, creo que es muy importante evaluar, como lo propones tu, el tema de la continuidad genética en la zona. No sé si leíste los trabajos de Sutter que tocan precisamente estas problemáticas...al mismo tiempo creo que sería bueno evaluar el concepto de "colonia" , en fin muchas cosas. Felicitaciones por el trabajo. Saludos
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#2 02-12-2009 18:11
Vale Tamy, muchas gracias x la recomendación, te pasaste!!!!
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#1 23-11-2009 19:24
Te recomiendo este paper que estoy segura que te interesara: "Utility of Multiple Chemical Techniques in Archaeological Residential Mobility Studies: Case Studies From Tiwanaku- and Chiribaya-Affiliated Sites in the Andes"

Kelly Knudson y Douglas Price, del AJPA: 2007
;)
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