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Home Articulos El origen de las poblaciones del Valle de Azapa durante el PIT: Una aproximación al concepto de colonias desde la bioantropología - Antecedentes arqueológicos

El origen de las poblaciones del Valle de Azapa durante el PIT: Una aproximación al concepto de colonias desde la bioantropología - Antecedentes arqueológicos

Indice del artículo
El origen de las poblaciones del Valle de Azapa durante el PIT: Una aproximación al concepto de colonias desde la bioantropología
Antecedentes arqueológicos
Antecedentes bioantropológicos
Discusión y análisis de resultados
Conclusión
Anexos
Referencias
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Antecedentes arqueológicos 

El Período Intermedio Tardío (PIT) está acotado cronológicamente al momento que va desde el 900 al 1400 d.C. aproximadamente y se caracteriza en el Norte Grande (y en el área andina en general) por encontrarse entre dos horizontes claves en la articulación de los distintos grupos de los Andes Centro Sur; Tiwanaku durante el Período Medio y Tawantinsuyo durante el Período Tardío (Schiappacasse et al. 1989). En este contexto del  declive de la influencia y presencia de elementos Tiwanaku, surge lo que se ha denominado como los Desarrollos Regionales. Dicha denominación enfatiza la creciente diferenciación entre grupos locales, los que a pesar de mantener una continua interacción con grupos del altiplano, del NOA y de la costa sur peruana, poseen materialidades distintivas.  En relación a lo anterior, es importante tener en cuenta que la evaluación arqueológica del PIT en el Norte chileno, se ha vinculado primordialmente con los procesos acontecidos  en la zona de los Andes Centrales o Nucleares, y en especial relación la sub-área Circuntiticaca. Así, el PIT quedaría definido principalmente en base al traslape de las influencias Tiwanaku sobre los grupos y desarrollos de tradición local, y por la incorporación al territorio de nuevos grupos de origen altiplánico. Por tanto, la visión arqueológica tradicional ha interpretado a este período como un momento especial de la prehistoria andina, donde los distintos grupos (entendidos como etnias), establecen diversas formas y dinámicas de interacción, sustentadas supuestamente en una ecocomplementariedad generalizada, que se caracterizaría por una alta movilidad andina mediante mecanismos tales como el caravaneo (Núñez y Dillehay 1978), el establecimiento de ferias, un patrón de asentamiento de núcleo periferia y la fundación de colonias. De este modo y en base a los planteamientos de Murra (1972) sobre el “control vertical de múltiples pisos ecológicos”, habitualmente se ha tendido a entender a las sociedades residentes de las tierras altas circunlacustres, como señoríos o cabeceras altiplánicas con necesidades de explotar diferentes nichos ecológicos, y que por lo cual tuvieron que establecer unidades productivas a distancia para conseguir los recursos que requerían. Estas unidades de producción asentadas en otros pisos ecológicos, han sido usualmente entendidas como colonias, las cuales supuestamente mantenían relaciones y vínculos con su lugar de origen, estableciendo complejos mecanismos de complementariedad y reciprocidad económicas. Así, se establecería un dominio territorial discontinuo a modo de “archipiélagos”, donde las diversas colonias conformarían “islas”, permitiendo el asentamiento simultáneo en un mismo nivel ecológico, de colonias de diversos orígenes o de poblaciones de desarrollo local. De esta manera, han surgido constructos teóricos específicos para el área Centro-Sur Andina, en particular el de Durston e Hidalgo (1997), que apoyan la idea de colonias para los valles occidentales.  Ellos proponen un mecanismo de “verticalidad escalonada”, el cual sería una reformulación del segundo caso de verticalidad de Murra y aplicable a otras situaciones. De acuerdo a este modelo, habría un “primer escalón” de señoríos altiplánicos como los Carangas, quienes habrían accedido a los pisos serranos de Arica mediante colonos e instalaciones coloniales. No obstante, se supone que estas comunidades no habrían accedido a los recursos costeros de la misma forma, sino que más bien de forma indirecta a través del intercambio con los grupos locales (Durston e Hidalgo 1997). Por su parte y en especifico para el PIT en el valle de Azapa, en general se ha entendido a este período como un momento durante el cual, ocurrieron importantes cambios en los modos de vida de las comunidades de la costa, valles y sierras de la vertiente occidental de los Andes (Santoro et al. 2004). Por un lado, en la costa y el valle se ha establecido principalmente en base a diferencias cerámicas y en el ajuar funerario, la existencia de un grupo denominado como “Cultura Arica” (Dauelsberg 1972)  .  Este grupo, ha sido interpretado la mayoría de las veces como un conjunto de comunidades interdependientes, que integraban un sistema político de corte igualitario, al estilo de sociedades tribales con organizaciones sociales segmentadas (Schiappacasse et al. 1989; Santoro et al. 2004). En general, la extensión espacial de estas comunidades se ha situado en la costa, oasis bajos y valles de Lluta, Azapa y Camarones, aunque también se le ha situado con derivaciones en la pampa del Tamarugal y hasta Taltal (Santoro et al. 2001). Se dice que su subsistencia se basaba en los permanentes recursos marinos, y en su habilidad para aprovechar agrícolamente los cursos de agua en  los valles. Es importante destacar, que los componentes cerámicos que caracterizarían  la cultura Arica (San Miguel y Gentilar), presentan distribuciones diferenciales en la costa y el valle. Mientras en la costa se presentan con mayor abundancia, en el interior la situación es más heterogénea compartiendo espacio con componentes cerámicos altiplánicos (Negro sobre Rojo, Charcollo, entre otros) (Santoro et al. 2004). Además, se ha observado que durante el PIT aparecen otros elementos altiplánicos como plumas de flamenco, obsidiana, pigmentos de colores y otros objetos que no estarán señalando redes de interacción con grupos de tierras más altas. Ahora bien, las explicaciones sobre el tipo de relaciones que se generaron van desde relaciones de complementariedad con la sierra y de ahí al altiplano (Santoro et al. 2004), pasando por la introducción gradual de individuos altiplánicos en tierras bajas vía relaciones de parentesco (Rothhammer y Santoro 2001), al establecimiento de colonias dependientes de señoríos altiplánicos (Schiappacasse et al. 1989).Por otro lado, en la sierra de Arica y contemporáneo a la “Cultura Arica”, existió un grupo que ha sido denominado tentativamente por Santoro et al. (2004) como grupo “Charcollo”  , en referencia a una cerámica del mismo nombre, que es escasa en la costa y de decoración simple (Romero 1999). Esta comunidad se caracterizaría por una subsistencia basada en la agricultura intensiva a través de andenerías, canales y otras obras hidráulicas de gran magnitud, en conjunto con prácticas pastoriles y de cacería (Santoro et al. 2004). Por tanto, se ha postulado que el grupo “Charcollo” constituiría una unidad política diferente a la “Cultura Arica”, compuesta por una base cultural de origen altiplánico y que excluiría en su interior a los elementos iconográficos de la costa. Al parecer estos grupos serranos presentaban inclusive una mayor densidad demográfica que los de la costa, lo cual sería observable en el gran tamaño de sus poblados pircados y recintos fortificados o  pukaras en laderas y cumbres. Algunos de sus poblados presentaban estructuras habitacionales y silos de mampostería de piedra (Ej.: Milluni y Belén), o aterrazamientos con grandes muros frontales (Ej.: Chapicollo y Copaquilla). Lo anterior ha sugerido a algunos autores que posiblemente los “Charcollo” presentaban mayores niveles de organización social (más centralizada y jerarquizada), lo que les permitió una mayor expropiación de la fuerza laboral.  Al igual que para la “Cultura Arica”, son múltiples las explicaciones que se han formulado para la interacción  entre los “Charcollo” y las tierras altas, aunque dado el carácter altiplánico de su cerámica, frecuentemente se han sugerido vínculos más estrechos. Para algunos la evidencia es muy fuerte, y los “Charcollo” representarían  casi indudablemente colonias dependientes de centros primarios (Romero 1999), de acuerdo al modelo de verticalidad escalonada de Durston e Hidalgo (1997). Para otros no obstante, aun no queda claro si eran centros secundarios, o si más bien eran unidades independientes que aprovecharon su situación espacial como “puerta andina” a los recursos costeros, en pos de un beneficio propio (Santoro et al. 2001).  A modo de síntesis, es factible plantear que el debate se ha centrado en si existe evidencia arqueológica que se sustente a los documentos etnohistóricos, los cuales nos apuntan sobre la existencia de colonias altiplánicas. A su vez, la otra arista de este debate gira en torno al espacio geográfico que habrían ocupado dichas colonias, debido a que según algunos habrían ocupado tan sólo la sierra, mientras que otros afirman la posibilidad no menor de la presencia de colonias en los valles bajos o inclusive en la costa. Sin embargo, para validar cualquier suposición etnohistórica, sería esperable encontrar evidencias materiales que las sustenten. Por ejemplo, si el modelo de “verticalidad escalonada” fuese cierto, sería lógico hallar “centros secundarios” en la sierra, que compartiesen características arquitectónicas con los “centros primarios” del altiplano. A su vez se esperaría encontrar bienes muebles como cerámica de indudable estilo y manufactura altiplánica, entre otras materialidades factibles de existir en una colonia.  Hasta ahora y según lo que he revisado, las evidencias descartan la presencia de colonias provenientes de tierras altas en la costa o en el valle de Azapa durante el PIT (Romero 1999). No obstante, se debe señalar que el panorama durante este período es heterogéneo; por un lado existe una unidad cultural distintiva en costa y valle: la “Cultura Arica”, y por otro, en la sierra se configura una unidad distinta denominada como “Charcollo”, que tendría vínculos más cercanos con el altiplano (Santoro et al. 2001). Lo recién mencionado no es una novedad, pues se ha notado que ya desde el Período Medio en la zona de Azapa conviven tanto una tradición de valles occidentales, como una altiplánica. Esto sería observable en distintas materialidades entre las que destacan las cerámicas y los textiles (Espoueys et al. 1995; Uribe 1999; Agüero 2000). El registro arqueológico nos señala también que existieron interacciones entre estas dos unidades, por lo menos de intercambio de cultura material, ya que hay diferentes contextos donde conviven materialidades de una u otra unidad. Empero esto no es equivalente a hablar de intercambio genético ni menos de colonias. Ahora bien,  en el caso de la sierra la situación no es tan clara, pues los elementos presentes en dichos espacios presentan un fuerte componente altiplánico, pero no lo suficiente para constituirse indudablemente como colonias. Por tanto, considero relevante remitir a otra clase de indicadores que me permiten dar cuenta del origen de las poblaciones de Azapa durante el PIT, para así poder intentar establecer si es que hay elementos que permitan afirmar la presencia o no de colonias.  Entre los indicadores que considero más adecuados para dar cuenta de lo anterior, se encuentran las herramientas que nos entrega la bioantropología, debido a que esta posee la capacidad de establecer la filiación biológica de los restos humanos mediante diversos métodos (índices cráneometricos, morfometría geométrica, ADN mitocondrial antiguo, entre otros.) Por lo cual,  si es que hubiesen habido colonias sería esperable encontrar un contingente poblacional con características eminentemente altiplánicas. Por otro lado, si es solo hubiese un intercambio genético menor se esperarían encontrar individuos con características compartidas. Finalmente si no hubiese habido intercambio genético, sería factible encontrar una continuidad genética desde períodos previos.



 

Comentarios  

 
#3 07-09-2010 18:10
Hey muy interesante el tema, hay muchos aspectos discutibles en torno a qué ocurrio en esta zona durante el PIT y qué relación hay con el período Medio, ya que se menciona constantemente la importancia que tuvo la influencia Tiwanaku...pero ésta al parecer en Arica habría sido de carácter indirecto y nunca tan fuerte como lo que ocurrio en Perú. Qué pasa en el PIT entonces, creo que es muy importante evaluar, como lo propones tu, el tema de la continuidad genética en la zona. No sé si leíste los trabajos de Sutter que tocan precisamente estas problemáticas...al mismo tiempo creo que sería bueno evaluar el concepto de "colonia" , en fin muchas cosas. Felicitaciones por el trabajo. Saludos
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#2 02-12-2009 18:11
Vale Tamy, muchas gracias x la recomendación, te pasaste!!!!
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#1 23-11-2009 19:24
Te recomiendo este paper que estoy segura que te interesara: "Utility of Multiple Chemical Techniques in Archaeological Residential Mobility Studies: Case Studies From Tiwanaku- and Chiribaya-Affiliated Sites in the Andes"

Kelly Knudson y Douglas Price, del AJPA: 2007
;)
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